El bichito
conocido coloquialmente como "autosabotaje"
Este escrito nació de una nota que hice esta semana, donde me quejaba de mi necesidad estúpida, obsesiva, casi patológica, de siempre querer ser más. Pero si rasco un poco, lo que en realidad me molesta no es ese deseo: es el bichito. Esa voz que vive metida en mi cabeza y que nunca duerme, nunca descansa, nunca me deja tranquila. Supongo que en los veinte nadie se salva de sentirse perdido. Yo tengo veinticuatro, cumplo veinticinco en marzo, y según internet a esa edad se te termina de formar el lóbulo frontal, como si se te desbloqueara un tercer ojo. Ojalá lo único que se desbloqueara fuera eso. En mi caso lo que se despertó fue él: el bichito. El susurro insistente que dice “esto es todo lo que vas a llegar a ser”.
Desde mis primeros diarios arrastro lo mismo: la lista “METAS” en la primera hoja. Las mismas metas básicas de todos los años. Y ahí está él, sentado en mi hombro, riéndose: “¿Otra vez? ¿En serio? No vas a cumplir nada”. Por eso quiero desglosarlas, para entender de dónde sale su veneno, en qué grieta se esconde.
Mi imagen corporal siempre fue su caldo de cultivo: me miraba al espejo y ni hacía falta que hablara; ya lo escuchaba. “Demasiado esto, demasiado poco aquello. Nunca va a alcanzar”. Crecí con un cuerpo que no encajaba, y él se alimentó de eso. Le di material. Le di críticas familiares, comparaciones ajenas, dietas absurdas, un trastorno alimenticio entero para que engorde. Él creció. Yo me achiqué. Lo mismo con la comida: cada vez que como algo, aparece. “¿En serio? Después no llores”. A veces pienso que él no vive en mi cabeza: vive en mi estómago, en mi espejo, en el borde de mi ropa.
Dormir… ahí también se mete. Si duermo mucho: “Qué inútil, perdiste el día”. Si no duermo: “Qué desastre, ni siquiera podés hacer algo tan básico”. Antes las mañanas me daban igual; ahora que las extraño, él también opina: “Te gustan, pero no sos una persona que pueda sostenerlas”. Ese es el problema: el bichito no critica lo que no hago. Critica quién soy.
La universidad, obvio, es su parque de diversiones. Mi primer año fue hermoso y él estaba callado porque yo estaba ocupada brillando. Pero llegó la pandemia, me hundí… y él volvió recargado: “¿Viste que no era para vos? ¿Viste que no servís para tanto?”. Durante mucho tiempo le creí. Hasta que escuché a un doctor decir que la medicina es para los insistentes, no para los genios. Ahí lo escuché a él, gritar desde el fondo: “Insistente no sos”. Y pensé: ¿y si justamente sí?.
Con paciencia y saliva, el elefante…
La escritura también lo irrita. Desde que escribí mi nombre torcido en la contratapa del libro de mi mamá a los cuatro años de edad, él viene atrás mío diciendo que no soy tan buena, que no importa lo que diga, que nadie me va a leer, que escribir no es suficiente. Antes le hacía caso. Ahora escribo para exponerlo, para ponerlo en palabras y sacarlo de su escondite.
Y a veces pienso que todo esto, el cansancio, la incomodidad, la sensación de que no estoy llegando a ningún lado, es simplemente el precio de haber vivido demasiado tiempo en piloto automático. Como si hubiera dejado que ese bichito en mi cabeza, esa voz chiquita pero incisiva, me convenciera de que yo no podía ser más que esto, que lo que tenía alcanzaba, que soñar era para gente con más coraje o menos conciencia. Esa voz que aparece justo cuando estoy por avanzar y me tira del tobillo para recordarme que “no exageres”, que “no da para tanto”, que “quedate acá donde no vas a fallar”. Y sin embargo, acá estoy, escribiendo. Porque al final, por más que me resista, soy escritora. Y si soy escritora, entonces puedo escribir mi vida, reescribirla, tacharla, arrancar páginas enteras y volver a empezar. Puedo inventarme un personaje que se anime un poco más que yo, que se saque la culpa de querer algo distinto, que se mueva aunque le tiemblenlas piernas. Puedo transformarme en ese personaje, aunque sea torpemente. Y por eso sigo intentando: porque ninguna historia mejora si nunca de edita.
Mi vision board del 2025 fue igual al de todos los años: buenas notas, amigas, libros, comida saludable, romance. Y ahí está él, carcajeándose: “Qué tierno. Creés que cambiando fotos vas a cambiar vos”. Pero la verdad es que mis metas siempre son las mismas porque no quiero otra vida: quiero esta, pero vivida sin él respirándome en la nuca. Yo amo lo que estudio, tengo amigas que me sostienen, escribo… pero él siempre pregunta: “¿Y si igual no alcanza? ¿Y si este es tu techo?”. Y esa es la frase que más me taladra: ¿Y si este es mi techo?
Pero entonces me freno y pienso: ¿y si el techo no soy yo? ¿Y si el techo es él? ¿Si lo que me limita no es mi capacidad, sino su voz? ¿Si lo que me frena es ese susurro disfrazado de verdad absoluta?
No. Me niego. Me niego a vivir bajo su sombra. Me niego a darle mi juventud en bandeja. Me niego a llegar a los setenta y descubrir que viví según la voz equivocada. Me niego a seguir achicándome para encajar en la jaula que él construyó. No quiero un 2026 tibio. No quiero un 2026 obediente, temeroso, escuchando siempre al mismo juez interno. Quiero un 2026 donde el bichito deje de ser dueño de mi vida. Un 2026 donde, si él habla, yo hable más fuerte.
Me rehúso a seguir en mi zona de confort, donde quejarme y compararme es lo único que hago, pero sobre todo me rehúso a seguir prestándole mi voz como si fuera el narrador oficial de mi vida. Si lo pienso bien, toda mi historia hasta ahora fue escrita a medias: la mitad la hice yo y la otra mitad él, metiéndose en mis silencios, en mis dudas, en los días en que no salí de casa porque no me gustaba cómo me veía, en cada texto que no mandé por miedo a que nadie lo leyera, en cada sueño que pateé como si hubiera un “después” garantizado. Y me cansé. Me cansé de ese reparto desigual, de ese contrato que nunca firmé pero igual cumplí, de la idea de que siempre estoy un poco rota, un poco atrás, un poco menos.
Siempre pensé que mejorar era la meta, que tenía que arreglarme, pulirme, completarme. Pero lo que más me agotó no fue intentar crecer, sino creer que nunca era suficiente para empezar. Vivir en el “casi” fue el deporte favorito del bichito: casi lista, casi capaz, casi bien, casi mejor. Y yo no quiero existir ahí. No quiero ser un borrador eterno ni sentir que todos los días estoy rindiendo un examen que nadie me pidió. Quiero ser con lo que soy, desde donde estoy, sin pedir permiso. No se trata de conformarme, sino de dejar de estar en guerra conmigo misma. Quiero construir desde la curiosidad y no desde el miedo,desde el disfrute y no desde el castigo.
Sé que el bichito no va a desaparecer mágicamente cuando empiece el año; su voz no se va a apagar porque yo lo decida. Pero sí puedo hacer algo distinto: no obedecerlo. No confundirlo con la verdad. No tomar su juicio como destino. Puedo elegir que mi voz suene más fuerte. Quiero un 2026 donde pueda mirarme sin pedir disculpas por existir, donde escribir sea un acto de presencia, donde aceptarme deje de ser un lema vacío y empiece a ser un hábito, donde equivocarme no signifique confirmar la peor versión de mí. Quiero un año en el que deje de exigirme perfección y empiece a exigirme vida: vida real,que duele, que entusiasma, que incomoda, que mueve, que crece.
Y supongo que así es como quiero cerrar este año: sin certezas, sin recetas, sin promesas que después se usen en mi contra. Solo con ganas y un poco de coraje prestado.
Y nos leeremos el próximo año; capaz nada de esto haya cambiado, capaz sí y para entonces sea otra versión de mí misma. Después de todo, solo me queda vivir.
¿Y vos? ¿Ya descifraste a tu bichito?





Gracias a vos por tomarte el tiempo de leerme 💗
Me encantó tu forma de escribir, es tan real y conecté completamente porque yo también me he sentido así. El "bichito" que hay dentro de mí me dice exactamente las mismas cosas. Y estoy de acuerdo, cuando él hable, nosotras debemos hablar aún más fuerte. Felicidades por la fortaleza que sé que requiere compartir este tipo de cosas! Gracias gracias gracias.